ELEANOR McKENZIE

ELEANOR McENZIE

PERIODISTA

Una nueva estrella del realismo español

Nacido en 1970, en Cistierna en Castilla y León, Joseba Sánchez Zabaleta pasó sus primeros años en Rentería, Guipúzcoa en el estudio de su padre -un excelente retratista- donde desarrolló su amor por el dibujo y la pintura. A los 13 años, Joseba ingresó en la Escuela de Arte y Decoración de San Sebastián, donde estudió cinco años antes de licenciarse en la Escuela de Artes Aplicadas de Zaragoza. Su primera exposición individual tuvo lugar en Madrid en el año 2000 en la Galería Estandarte. Actualmente reside en Gaucín, Málaga, desde donde su obra se ha abierto definitivamente al mundo y forma parte de importantes colecciones privadas nacionales e internacionales.

Los pintores españoles han destacado en el Realismo y desde la época de Velázquez (1599-1620) España ha sabido conservar una fuerte tradición realista. Puede que el siglo XX  haya dirigido nuestras cabezas hacia diversas formas de arte abstracto, el surrealismo y más, pero incluso los paisajes imaginarios de Dalí son un ejemplo supremo de las habilidades pictóricas del realista aplicadas a lo fantástico.

La pintora australiana contemporánea Alexandra Sasse dice: «El realismo siempre ha sido importante en España, aunque, como en la mayor parte del mundo del arte contemporáneo, hubo un periodo reciente en el que intentaron olvidar que eran realmente buenos en ello». Y añade: «Hay algo muy sobrio, casi descarnado, una gravedad que habita en mucha de la pintura española».

Las obras procedentes de artistas españoles contemporáneos demuestran una continuidad del alto nivel de maestría en este género, y Joseba Sánchez Zabaleta (JCZ) es uno de los artistas estrella de la Escuela del Nuevo Realismo Español.

El realismo de JCZ tiene ciertamente las cualidades descarnadas de las que habla Sasse. Su temática se centra en parte en los espacios abandonados o en ruinas, representados con exquisito y minucioso detalle. Pueden ser los restos de escombros de una ciudad devastada por la guerra, o un vertedero de ordenadores, impresoras y otros equipos informáticos en África, como en «Vertedero de Mali», que es otra vuelta de tuerca al realismo, y quizás una inesperada, que saca al espectador de su sensación de complacencia.

En su colección «El sueño del hombre» tenemos una sensación real del aspecto de un paisaje urbano después de la devastación, pero JCZ siempre consigue encontrar algo que simboliza la esperanza, como en «Ruina con ventana turquesa», donde ese atisbo de color brillante no sólo nos dice que el futuro es posible, sino que los que una vez vivieron allí conocieron la felicidad.

La decadencia es otro tema. Puede ser una casa abandonada desde hace mucho tiempo, como en su obra ‘La gran Luz’, o ‘Lavadora’, que dejan a uno preguntándose qué pasó con quien vivió allí. Como escribió Pilar Rúiz para una de sus exposiciones en la  Sala Parés, con la que JCZ expone desde 2016, «son espacios deshabitados pero, sin embargo, llenos de humanidad; poblados por los restos del paso del ser humano, en los que a veces es difícil discernir cuánto tiempo hace que fueron abandonados.»

También están los temas de bodegones, en particular los de objetos domésticos, como platos o cucharas, que nos recuerdan conmovedoramente la situación actual a la que se enfrentan muchos, si no nosotros. De su reciente obra, «Un plato de lo que sea», JCZ dice: «¿De qué sirve ir a la luna si hay hambre en la tierra? La luz tenue me bastó para iluminar la fuente de la pena. El plato vuelve a estar vacío. El hueco cóncavo del hambre y a veces de la felicidad». Asimismo, sobre su obra «Cuchara 20», pintada durante la pandemia, dijo: «Quien no tenga nada que llevarse a la boca sabe de qué trata este cuadro. Al resto, que nunca le haga falta nada».

Para ver más obras suyas, visite www.sanchezzabaleta.com. También participa en el festival anual de estudio abierto Art Gaucín, que se celebra en mayo y junio de cada año, donde se le puede ver pintar y hablar con él sobre su obra.

Pilar Rúiz Gutiérrez

PILAR RÚIZ GUTIERREZ

ESCRITORA, PERIODISTA, GUIONISTA Y CINEASTA

 

INTEMPERIE

Ahí afuera: a la intemperie.

Joseba Sánchez Zabaleta nos lleva hasta allí y nos deja solos, desnudos, al raso. Como lo está el artista siempre; como lo está todo arte profundo, verdadero, honrado, nacido de la reflexión y la emoción, el único que puede conmovernos. 

Alejado del ruido de las modas y las tendencias pasajeras, JSZ ya ha demostrado que es un maestro de la plasmación atmosférica y del retrato del aura del objeto, pero ahora da un paso más allá hacia una mística austera y depuradísima que se eleva en alturas expresivas como una cantata de Bach. Las obras reunidas en esta Intemperie nos llevan a ese lugar exterior donde ya no hay refugio ni excusas, mostrando con toda su crudeza el espacio desolado, cubierto de polvo y barro, donde se acumulan los restos de todas las vidas vividas para desvelar sin concesiones el rostro vacío de la modernidad. 

Intemperie nos obliga a mirar aquello que no se quiere ver, haciendo visible lo invisible de forma descarnada: el fracaso y la derrota de varias generaciones de habitantes de este planeta donde el paradigma de la civilización se ha convertido en una distopía en la que ya no hay manera de esconder la marginalidad, la pobreza, la destrucción y el abandono de una época donde se consagra todo lo nuevo convirtiendo el hoy cada vez más rápidamente en ayer, mientras la pulsión consumista y el hambre de novedad se acumulan en escombreras y vertederos inmensos, islas de basuras, montañas de restos que nos hablan de nuestra propia huella sobre un mundo en blanco y negro, en gamas de grises, como el celuloide de tiempos pasados. (El cine, otro arte empeñado en atrapar el tiempo para obligarnos a recordar).   

La pared desconchada de la casa en ruinas arrasada por un bulldozer o una crisis, el objeto cotidiano humilde, usado y por ello cargado de significado, gritan su abandono en un paisaje deshabitado pero pleno de humanidad. Los objetos han dejado de pertenecer y su soledad les ha liberado. Expuestos al viento helado de la intemperie que se cuela por esas puertas sin puertas, esas ventanas sin ventanas, nos hablan por fin de lo más importante: sus historias. Sillas y sillones desahuciados como los restos de comida en un plato, las migas caídas alrededor, la lata vacía junto al tenedor olvidado y el ser humano en fuera de campo, presente por omisión. Vuela la imaginación: ¿quiénes se sentaron en esas sillas? ¿De qué hablaron? ¿Quién descansó en esa butaca? ¿Quién comió en ese plato? ¿Dónde están ahora? ¿Qué les ocurrió? El eco de la vida, como la corriente de aire en una casa en ruinas, se ha convertido en la voz de un fantasma que vaga por la franja estrecha abierta entre el mundo de los vivos y de los muertos, dispuesto a contarnos una historia todavía viva.

Y sin embargo, en este paisaje vaciado y fantasmal, sin nostalgia, sin concesiones, aparece un camino a la conciencia de lo real cuando la realidad se sitúa sobre la huella que dejaron otros, impulsándonos a la búsqueda de una memoria común, compartida, compasiva, una vía a la esperanza. El viaje propuesto por Joseba Sánchez Zabaleta en Intemperie nos expone al aire libre, donde resulta más fácil respirar. Solo hay que soltar lastre y dejar que ese aire más limpio nos recorra la piel, los ojos y la memoria, para lograr levantarnos de los escombros y de las cenizas. Una vez más. Sin miedo a despojarse de todo para entrar en esta Intemperie, Joseba Sánchez Zabaleta nos promete un porvenir en el que, ligeros de equipaje, podamos caminar por un paisaje más bello, más justo y más libre.  

LA ODISEA DE LO COTIDIANO

 

«Vengo dai ruderi», vengo de las ruinas, dijo Pier Paolo Pasolini.

Es el poeta de los suburbios y de la periferia, de los hombres y mujeres abandonados en un tiempo de olvido; restos del exilio del campo a la ciudad, memoria de la pérdida. Sin embargo, Pasolini sabía que de entre lo antiguo, lo abandonado, surge una imagen seminal, y con ella, la promesa de cambio: la esperanza.

JSZ toma la ruina como objeto de su pasión; igual que la del poeta y cineasta italiano, su obra es un canto de infinito amor por los habitantes de un mundo deshabitado. Sobre la ruina, la huella de lo humano deja un rastro brillante, como el de un caracol, que recubre la materia cotidiana: el azulejo, el ladrillo, el vaso de duralex o el cubierto de acero inoxidable, el plástico, el latón. Aquí también está la periferia del arrabal, del vertedero: aquello que dejamos cuando nos vamos. 

El velo del tiempo hecho de abandono, desgaste y óxido, adquiere en las manos de JSZ, en su mirada, una dimensión poética inusual. Al obligarnos a observar con nuevos ojos lo minúsculo, lo humilde (esa cuchara, un simple plato), aquello que nunca vemos en nuestro tráfago diario, aparecen imágenes nuevas, reveladas como en un cuarto oscuro, salidas de un sueño del que por fin despertamos. Descubrimos entonces la existencia real oculta en los objetos y en los paisajes, materia desgajada del espíritu. Esa tensión nos recuerda la forma clásica, tan antigua como los bisontes de Altamira y los mármoles griegos, ese deseo furiosamente humano de atrapar el instante, y con él, la vida.  

La obra de JSZ ilumina ese mundo con una nueva luz: la que nosotros mismos proyectamos sobre nuestros actos, pensamientos e ideas. Es la misma que ilumina estos objetos humildes; una sola cuchara puede contener todo el hambre y todo el alimento del mundo, la existencia.

Levanta el velo de la vida sobre los objetos cotidianos y mira de nuevo a tu alrededor, dice JSZ:  verás como en esas pequeñas cosas brota el aliento de lo humano, la aventura de la vida plena de sentido, como solo la poesía puede.

 

Christian Ravina

CHRISTIAN RAVINA

CURADOR DE EXPOSICIONES

 

Velázquez nos enseñó como podemos entrar en una pintura, toda la magia del momento en el que se repite una y otra vez ante quien observa uno de sus cuadros. Con la obra de Joseba me ocurre lo contrario: es capaz de que el cuadro entre en nosotros. Al principio un susurro de algo que podemos estar ignorando, como una verdad que preferimos no ver, y ahí es cuando la magia opera y, lo que se ha visto ya no tiene vuelta atrás, nos obliga a acomodarlo, a entenderlo, y ese cuadro es el testimonio del momento de conversión hacia la idea que quiere transmitirnos. Y no todas las ideas que deben transmitirse son necesariamente cómodas cuando la distracción es el aire que nos mantiene vivos. ¿Quiero ver un hueso de pollo en un plato de Duralex? Depende. Joseba oficia la comunión de las cosas sencillas, que no simples, tal y como Zurbarán convierte la carne de los cartujos en cenizas de una coreografía de silencios. Y así el plato Duralex se eleva en destellos de vidrio por encima de lo cotidiano, y todo se detiene para hacernos pensar en las punzadas de la soledad o la carestía, y el milagro y la gracia de los alimentos. Una imagen suya basta para recordarnos que hay algo que podemos hacer mejor. Proust puede describir como nadie los espárragos de una pintura de Manet, pero necesita siete volúmenes para entender lo que Joseba lleva años entendiendo cuando se habla de la memoria y de lo que de verdad importa en la vida. Atención spoilers: ni los salones de los Guermantes ni secuestrar a Albertina.

En un mundo tan anestesiado por las redes sociales y embrutecido por las prisas me seduce el rechazo a los viajes. He llegado a entender que no los necesita. «Invierno en Villa Medicis» es una obra que recoge todo el clasicismo y nos advierte del futuro que nos espera con este ansia de invadir cada esquina del planeta. toda la melancolía del viaje a Italia con una ruina contemporánea de telón de fondo. de nuevo silencio y advertencia. Un cuadro que sana y salva de los innecesarios viajes relámpago a ninguna parte para intentar ver lo que ya no existe. Y con esta misma idea Joseba juega patinando velozmente en un NY nevado con una imposible torre gemela detrás porque no hace falta haber estado en el corazón del consumo para extraer un juego de metáforas.

La inmensidad de espacios inventados pero que por eso mismo existen en alguna parte y el rocogimiento de esquinas de abandono que nos duelen como a Borges le dolía una mujer en todo el cuerpo. Y Neruda nos hablaba de los sueños rotos de su Casa de las Flores instándonos a ver la sangre por las calles que salpicaba el sueño de una generación embriagada de juventud y posibilidades. La pintura también puede llevarnos de la mano a la poesía, o al menos esa es una asociación que ocurre de forma natural con algunos artistas. joseba se mueve con facilidad en ese terreno, esculpiendo un híbrido de imágenes y palabras, dando a entender que la realidad virtual no necesita de gafas ni algoritmos y que lo más necesario y urgente suele estar delante de nosotros.

Cada cuadro de Joseba es un acto de fe en lo humano y una advertencia de lo que ocurre si perdemos esa fe en el hombre. Por eso sus cuadros están siempre conmigo.